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domingo, 17 de mayo de 2009

Rafael Escalona, un ícono del vallenato

Tomado del comercio.com
Carlos Rojas
Corresponsal en Bogotá

En la última madrugada que le quedaba a Macondo, Aureliano Buendía, el último de la estirpe, se emborrachó con aguardiante en una cantina animada con las canciones de Rafael Escalona. Era junio de 1967 cuando ‘Cien años de soledad’ fue impresa por primera vez por la Editorial Sudamericana. Hace 42 años, Escalona ya era un personaje con sabor a leyenda, digno de ser inmortalizado.

¿Simple capricho de Gabriel García Márquez por incluir en su “vallenato de 467 páginas” a este personaje que aún no tenía el peso cultural de hoy? No. El nobel colombiano sabía de la importancia caribeña que el maestro Escalona atesoraba a punta de los silbidos con que hacía sus canciones.

“Es una vaina”, repetía en son de broma y ‘mamadera de gallo’, cuando elogiaba la habilidad del compositor para crear realismo mágico con pocas palabras, cuando él debió escribir todo un libro.

Rafael Escalona, quien falleció la tarde del miércoles, vísperas de cumplir 82 años, no fue un simple nombre de referencia dentro su pieza maestra de literatura. En realidad era su amigo y cómplice de aventuras reales y ficticias. La existencia del uno no se puede entender sin nombrar al otro.

Escalona tenía el privilegio de contar los viajes que ambos hicieron a La Guajira colombiana. “En esos recorridos, Gabriel se inspiró para escribir parte de su libro”.

Quizá sus habilidades nacieron desde su infancia en su pueblo, Patillal, donde creció con amigos como José Hinojosa, quien hoy vive en la que fue su casa. “Él comenzó con la música cuando se fue pal’ Valle pa’ los estudios. Cómo no me iban a gustar sus canciones, esas son maravillas”, decía emocionado dos semanas antes de la muerte del juglar.

El árbol de ciruelo en que el compositor jugaba cuando niño se había secado. Como presintiéndolo, don José, nostálgico, decía dos semanas antes de su muerte: “Ya ‘Rafa’ Escalona está pa’ irse, él ya se fregó... ya se va a acabar la vida, lo único que va a quedá’ ahora es la bulla”.

Su voz estaba apagándose. Hablaba bajito. Fue en noviembre de 2007, cuando Escalona concedió a este Diario una de sus últimas entrevistas. Días antes dejó la Clínica Shaio de Bogotá por su dolencia cardíaca. Cuando el Mercedes Benz naranja del 70 estaba fuera de su casa, era porque el maestro se encontraba estable.

En público no se desamparaba de su abrigo ni de su sombrero de cuero con su firma grabada. Su última esposa, Luz Mariana Zambrano, no descuidaba su apariencia, siempre en tonos cafés. La diferencia de edad era notoria. Por ello, a Escalona no le faltaban piropos para cortejarla mientras ella le arreglaba el sombrero.

Nunca abandonó su buen un humor y su mirada de picardía, propia de tanto contar, ‘mujereá’ y parrandear. Tuvo 23 hijos, pero tampoco “me creo un donjuán”.

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No solo su arte lo hizo famoso. Leandro Díaz, compositor vallenato, dijo que Escalona aún no debía morir. “Era demasiado pronto, aún tenía cosas por hacer”. Su capacidad de gestión le dio una dimensión de lobista a favor del folclor que impulsó a decenas de vallenatos en una carrera exitosa, de alcance internacional. “A él le debemos mucho, en lo particular fue como mi padrino”, dice Iván Villazón, un artista vallenato.

A su juicio, la más grande cualidad del maestro, por fuera de su don de gente y su apego a la parranda, fue su valor de la amistad. “Siempre estuvo rodeada de amigos”. El ex presidente Alfonso López Michelsen fue uno. Con él creó el departamento del Cesar, cuya capital es Valledupar. De inmediato impulsaron, con Consuelo Araujonoguera, el Festival de la Leyenda Vallenata.
De esos dos grandes hitos para la historia de su departamento han pasado 42 años, los mismos que tiene de vida Escalona en el libro de García Márquez.

Allí vivió el maestro. No fue afecto a los estudios: recién en 1992, el Liceo Celedón de Santa Marta, famoso en El Testamento, le dio el título de bachiller honoris causa. Su esencia fue la agricultura, el cultivo de algodón y las reses. De allí nace su amor por el vallenato al cual impulsó con sus letras creadas de memoria, sin instrumentos musicales, en mañanas de calor agobiante.

De esa juventud forjó amistades inmortales, como la de Jaime Molina, con quien compartía otra de sus pasiones: la pintura. De ‘la Maye’, su primera mujer nació Adaluz, a quien hizo la famosa canción La casa en el aire. Allí seguramente estará hoy que dejó el mundo mortal, su abrigo café, y a los miles de colombianos que han llorado frente a su cadáver.

Testimonio
Perla Marina Escalona/ Hija
‘Mi papá recibió una estrella’

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A pesar de que mi padre y mi madre Marina ‘La Maye’ Escalona llevan muchos años separados, nosotros siempre estábamos al lado de ese gran hombre.

Yo nací escuchando acordeones. Vivíamos en una finca que se llamaba Chapinero, a 20 minutos de Valledupar, vía a Barranquilla. Estábamos rodeados de mis tíos Nelson y Abigaíl y su familia. Allí nació gente como Santander Durán Escalona, parte de la dinastía de quienes han heredado la vena musical de mi padre.

Veníamos todos los días a Valledupar en la cajita de fósforos (el jeep de mi papá). En mi tierra mucha gente no conoce el lado paternal y amoroso de él, muy sensible, muy humano, de caricias, de cariño. Tenía detalles pequeños como levantarse aunque estuviera cansado e ir a la panadería del barrio para complacernos cuando ya vivíamos en Valledupar.

Él fue bastante apegado a mí. Me decía ‘la negrita’ mi ‘remoquete’, por ser la menor. Me tomaba del pelo y decía que yo quería más a mi mamá porque era su compañera. Él salía de parranda con Jaime Molina, con Pocho Cotes, con los Paballón, con Hernando Molina y otros tantos más.

Fuentes de inspiración entre mis hermanos fueron Adaluz con La casa en el aire y Rosa María con el Manantial. Esta es bella e invito a que la exploten también porque es valiosa. El ciclo de la vida es eso, nacer para morir. Las estrellas en el firmamento son miles, pero le tocan a pocos y mi papá recibió una de ellas. Por eso nos apegamos tanto a esos seres míticos.
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